thumb|270px|Documento de venta de una persona esclavizada en Perú.

La esclavitud en España fue una práctica habitual en los diferentes reinos de la península ibérica durante la Edad Media. Durante la Edad Moderna continuó existiendo en la península, pero alcanzó especial prominencia en las posesiones coloniales de España a raíz del auge del tráfico de esclavos de África hasta su abolición final en 1886. La esclavitud indígena fue abolida de forma parcial con las Leyes de Burgos en 1512, y en 1766 el sultán de Marruecos compró la libertad de las personas musulmanas esclavizadas en Sevilla, Cádiz y Barcelona.

Formalmente se abolió en 1837 todo tipo de esclavitud en la península ibérica, siendo Rosalía Gómez (1801–1874) una de las últimas esclavas registradas. Cuba y Puerto Rico quedaron expresamente exentas de cumplir esta norma abolicionista. La exención relativa a Puerto Rico fue derogada por la I República en 1873, y la de Cuba en 1886, si bien desde 1880 ya no se permitía la tenencia de nuevos esclavos.

El paso de la esclavitud clásica a la medieval La Antigüedad es un periodo esclavista por excelencia, y la península ibérica no fue la excepción. La sociedad romana, a lo largo de toda la historia de su dominio sobre el Mediterráneo, Europa, África y Oriente Próximo, fue esencialmente esclavista, y tanto su economía como su estructura social se basaba en un sistema de clases donde el esclavo constituía el escalón más bajo de la sociedad. Esto se potenció enormemente debido a los cambios sufridos en la economía romana durante la época de expansión, en especial en el sector agrario, donde se multiplicaron las grandes propiedades, especialmente en las nuevas provincias y colonias de la República primero y del Imperio después.

El esclavo era considerado un simple objeto de trabajo, desprovisto de personalidad jurídica y perteneciente en su corporalidad y fuerza de trabajo a otro individuo. Su carácter de elemento ideal de explotación, mucho más rentable que los trabajadores libres, extendió su utilización, especialmente en el mundo agrícola, pero también en otras ramas de la economía en donde llegó, incluso, a sustituir totalmente a la mano de obra libre, como es el caso del servicio doméstico. El esclavo, por tanto, no existía más allá de su propia presencia física; no tenía personalidad jurídica; carecía de derechos de ningún tipo (excepto trabajar); no tenía derecho a la propiedad, pues todo lo suyo era del amo (incluyendo sus hijos); y si conseguían permiso para casarse su matrimonio nunca pasaría de ser considerado un simple concubinato. A los esclavos se les podía poner un collar donde se podía leer “tenemene fucia et revo cameadomnum et viventium in aracallisti”, traducido como "detenedme si escapo y devolvedme a mi dueño". thumb|Imperio romano, 200 AD Los esclavos se compraban en el mercado de esclavos, y el precio de uno nos llega a través de Catón el Viejo. Sabemos que era de promedio unos mil quinientos denarios, precio que subió a lo largo del hasta alcanzar los veinticuatro mil sestercios, aunque lo cierto es que variaba la cantidad según la calidad del “producto”, su especialización, su origen y prestigio, etc. Dentro del mundo de la compra-venta de esclavos, había una pequeña excepción de esclavos semi-libres que desarrollaban generalmente actividades intelectuales como educadores, secretarios o administradores. Los esclavos griegos de alto nivel cultural y ganado prestigio tenían esta ventaja, aunque seguían siendo esclavos a nivel legal. No había límites a los trabajos que un esclavo podía ejercer, soliendo ocuparse de unas tareas u otras dependiendo de su preparación y capacidades. Los esclavos de ciudad solían tener familia y una gran autonomía. Además de los esclavos particulares había servus publicus, pertenecientes al pueblo romano y que trabajaban en templos, termas, edificios públicos y otras actividades de tipo funcionarial.

Sin embargo, la esclavitud no era una condena eterna en todos los casos. Los esclavos podían lograr la manumisión de diferentes formas:

Con su propia muerte, de forma simbólica, cuando lo liberaban para que tuviera un entierro de hombre libre. Con la muerte de su amo, en cuyo testamento solían liberar a sus esclavos como muestra de generosidad y agradecimiento. Cuando eran liberados de este modo, se les dejaba alguna propiedad o dinero. Comprando su libertad, ya que como actuaban como intermediario de su amo en los negocios, podían ganar un peculio que, con los años, bastase para lograr su libertad. Por declaración ante un magistrado. Amo y esclavo defendían su libertad ante él. Si era aceptada, se le imponía un bastón en la cabeza como señal de su libertad.

Muchos emancipados permanecían en sus casas haciendo las mismas labores, aunque con mayor dignidad. Los libertos, u hombres jurídicamente libres que han sido esclavos en algún momento, fueron considerados a partir del s. VI por orden del emperador Justiniano I, ciudadanos sin distinción alguna. Si no conservaban los lazos de fidelidad a sus casas eran llamados libertos ingratos. Ejercían mayoritariamente la labor de comerciantes o artesanos y, en menor medida, de maestros romanos (ludi magister), gramáticos (encargados de la enseñanza secundaria), banqueros o médicos, que no tenían la misma remuneración. Los libertos formaban aproximadamente el 5% de la población romana durante la era imperial. Como necesitaban un apellido del que solían carecer, normalmente tomaban el nomen de su antiguo dueño, quien se convertía en su patrono. En la época claudia los libertos fueron usados como funcionarios en la burocracia romana. El mismo Claudio aprobó legislación sobre el esclavismo, de manera que los esclavos abandonados por sus amos se convertían en libertos automáticamente.

Los libertos podían incluso poseer sus propias tierras. Pero el esclavo no quedaba totalmente libre al obtener su nueva condición de liberto, sino que mantenía unos lazos de dependencia con su antiguo amo. Esta vinculación se concretaba en tres apartados acordados previamente:

Obsequium: Significa deferencia, y consistía en servicios de diversa índole. Opera: Son días de trabajo que realizaba el liberto, normalmente en la misma labor que efectuaba cuando era esclavo. Bona: Era un derecho de herencia sobre su patrimonio.

En cualquier caso, era casi imposible por no decir del todo, lograr la libertad total y la integración social completa partiendo desde la esclavitud. Uno de los documentos más valiosos de que disponemos para el estudio de este fenómeno en la etapa romana de Hispania es el rescripto de Antonino Pío sobre los esclavos de Iulius Sabinus, en la Bética. En este privilegiado rescriptum encontramos valiosas informaciones que se podrían resumir con el siguiente párrafo:

En este párrafo se nos muestra una característica básica de la esclavitud antigua: el esclavo es propiedad de su amo a todos los efectos, y eso está aceptado legalmente (y por tanto, en principio, socialmente también), elevándolo a un nivel de normalidad quizás sorprendente para nuestra visión actual. Es más, no solo era propiedad del dueño el esclavo, sino todo lo que este podía “poseer”, aunque sería injusto decir que el esclavo era una posesión sin importancia, puesto que era uno de los elementos más valiosos que se podía poseer desde el punto de vista romano. El Imperio Romano pervivió durante muchos siglos, a lo largo de los cuales la percepción del esclavo cambió ostensiblemente.

Con todo, aun siendo “cosas”, los esclavos eran cosas muy valiosas y existían leyes que los protegían al menos oficialmente de los abusos físicos de su amo y de otras personas, considerándose el golpear o matar a tu propio esclavo un delito tan grave como el de atacar a uno ajeno. Es decir: era considerado más o menos como destrozar un bien de especial valor e interés, escaso y que debía protegerse. Con el paso del tiempo y especialmente tras la imposición del cristianismo como religión oficial del Imperio en el s. IV, la percepción del esclavo como cosa irá decayendo. Será el paso de las “cosas que hablan” a los “humanos serviles” (siempre refiriéndonos los esclavos blancos), concepción que ya no cambiará más y que será de vital importancia para entender la idea de "siervo”, básica para el periodo medieval.

Como ejemplo de este cambio de ideología lento y paulatino, en el texto anteriormente citado se narra que los esclavos de Iulius Sabinus huyen de la casa de éste debido a la crueldad con que son tratados, amparándose bajo la estatua del Emperador (una práctica bastante común, posible antecedente del asilo eclesiástico). No podían perder su condición de esclavo, pero las leyes permitieron que fueran vendidos para que no tuvieran que depender de Sabino o su familia. La huida de servus parece que era un mal endémico en el territorio imperial, por lo que se recurría a seguros más o menos denigrantes para el esclavo (medallones identificativos, encadenamientos, pagos a cazadores de esclavos…) y la creación de la figura del esclavus fugitivus, compleja por las discrepancias respecto a su definición por parte de los juristas de la época. En principio, si la huida no estaba muy bien justificada el esclavo debía volver a la casa del amo y sería este el que impusiese el castigo que creyese justo, condenándose con fuertes multas (Lex Flavia) a los romanos que acogieran en su casa a esclavos fugitivos. Solo el amparo de la estatua del Emperador y el recinto sagrado de algunos templos para los esclavos griegos (asylía) les garantizaba una cierta defensa. Este derecho intrínsecamente griego venía dándose desde muchos siglos antes de la expansión romana, y se respetó durante la mayor parte del periodo imperial.

La esclavitud en la Hispania visigótica

La caída del Imperio no supuso un enorme cambio para los esclavos como grupo social. No solo siguieron existiendo sino que su situación jurídica quedó marcada por nuevos métodos sociales (clientelismo, asociación a un jefe, familias extensas…) y se diversificó con la multitud de nuevos corpus jurídicos que sostenían la estructura de los reinos germánicos. En la península ibérica convivieron cuatro grandes estructuras sociales en las que sabemos había esclavitud de un modo u otro: la monarquía visigoda, el Reino Suevo, los pueblos cantábricos y la provincia de Spania, perteneciente al Imperio Bizantino. Los suevos y los pueblos cantábricos son aún hoy un gran misterio histórico, y la estructura esclavista de los bizantinos mantenía en esencia lo que Roma les había dejado, por lo que nos centraremos en el que era el principal reino de la península: el visigodo, que además aunaba partes de los distintos sistemas con los que tenía contacto.

La sociedad visigótica no fue uniforme a lo largo de todo el periodo que abarca. Durante el tiempo en el que denominamos a esta estructura Reino Visigodo de Tolosa (418-507) no se puede determinar una estructura social clara. A pesar de la falta de documentación fehaciente, pues no hay que olvidar que nos encontramos ante uno de los momentos de mayor desestabilización y crisis política, social y económica, sabemos que perduraron las estructuras esclavistas tardorromanas, ya muy influidas por el cristianismo pero que aún no reconoce a los esclavos como personas de pleno derecho. A la vez, comienzan a convivir con ellas las estructuras esclavistas germánicas, aunque solo en la minoría étnica de los visigodos.