La acción de Artaza fue un enfrentamiento armado durante la primera guerra carlista en los valles de las Amescoas de Navarra entre las tropas isabelinas de Gerónimo Valdés y las carlistas de Tomás de Zumalacárregui el 22 de abril de 1835.

Testimonios Cuatro personas que participaron en la acción: Luis Fernández de Córdova, su hermano Fernando Fernández de Córdova, el inglés C. F. Henningsen y Juan Antonio de Zaratiegui, dejaron escritos sus recuerdos de ella. Tomando como base estos testimonios, más las alocuciones y el parte que redactó Valdés, es posible reconstruir con la mayor fidelidad su desarrollo.

Antecedentes Comprobando que tampoco Espoz y Mina, al igual que sus antecesores Vicente Genaro Quesada y Rodil, no conseguía acabar la guerra con Zumalacárregui, a pesar de los poderosos medios que se habían puesto a su disposición, Gerónimo Valdés, ministro de Guerra, decidió en abril de 1835 trasladarse al frente del norte y hacerse cargo personalmente de la campaña. Zumalacárregui, tras las duras campañas realizadas durante el invierno, tanto en la batalla de Mendaza como en la de Arquijas y en las acciones desarrolladas en el Pirineo contra Espoz y Mina, dificultándole abastecerse de recursos que desde Madrid le eran propiciados pero que debía recoger en la frontera francesa, se había retirado con el grueso de sus fuerzas a los valles navarros de las Amescoas, Ega, Berrueza y Lana.

Paisaje Al igual que en la mayoría de las acciones realizadas por Zumalacárregui, dado que este tomaba como aliado al paisaje para poder hacer frente con sus exiguas tropas a las imponentes del enemigo, es preciso describir con detalle el terreno en el que se desarrolló esta acción.

Los valles de las Amescoas forman parte de los valles situados en la maraña montañosa existente entre las llanuras de Pamplona y Álava y la ribera del Ebro. Las Amescoas se conocen como Amescoa Alta y Baja. La Alta comienza a extenderse desde el alto de Contrasta hacia el este, entre la sierra de Andía al norte y la de Lóquiz al sur, con un recorrido oeste-este de unos 20 km y unos 4 km de anchura. Transcurrida esta distancia, el valle dobla hacia el sur, entre la sierra de Urbasa, prolongación hacia el sur de la de Andía, al este y la sierra de Lóquiz al oeste, formando la Amescoa Baja con un largo de unos 6 km. Luego el valle se ensancha, siguiendo la dirección sur pero llamándose a partir de aquí valle de Allín, llegando, tras otros 9 km de extensión y habiéndose unido al valle del Ega, a Estella.

Las sierras de Andía, Urbasa y Lóquiz tienen los lomos en gran parte llanos, estando cubiertos de pastizales y densas masas de bosque. Los bosques son de encinas, robles y carrascas, provistos de un denso sotobosque de brezos, enebros y acebos. Los bordes de estas sierras sobre las Amescoas son todos ellos rocosos, exentos de vegetación «...inmensos rollos que cuelgan de las rocas empotradas en las laderas de las montañas...» dice Henningsen. Desde la base de las rocas hasta el fondo del valle, las laderas están cubiertas de bosques aún más espesos que los que existen en las cumbres. Los accesos desde las Amescoas, todos ellos abiertos por la mano del hombre, trabajando la piedra, a las sierras son pocos y difíciles de superar. A los soldados carlistas, con su ropa y calzado de montaña y su escaso equipo y armamento, no les era difícil trepar por estas rocas, ya que sus paredes aunque casi verticales no tienen la superficie lisa, sino rota con hendiduras. Pero los soldados isabelinos estaban uniformados con chacó, pantalón largo, levita, zapatos, mochila, cartuchera, fusil, bayoneta y sable. Para ellos estas rocas eran imponentes murallas infranqueables.

Zumalacárregui utilizó preferentemente las Amescoas como guarnición de sus tropas, puesto que desde esta posición tenía excelente información de las tropas enemigas a través de su sistema de aduaneros, de los movimientos que el enemigo realizaba desde sus fortificadas guarniciones entre Logroño-Pamplona, Logroño-Vitoria y Vitoria-Pamplona, y podía entorpecer en muy pocas horas, debido a la agilidad de movimiento en la que se basaba el operativo de sus batallones, las marchas de las lentas divisiones isabelinas.

La naturaleza no es pródiga para los humanos que la habitan: «En el estrecho y alargado valle se levantan ocho o diez pequeñas y pobres aldeas que producen, aproximadamente, lo suficiente para la alimentación de sus habitantes, con la excepción de garbanzos y lentejas, que son muy estimados en Navarra», informa Henningsen.

Aquí habían establecido los carlistas sus hospitales, tanto para hombres como para caballos. Los valles habían sido por ello invadidos una y otra vez por columnas isabelinas, pero Zumalacárregui rehuyó el combate en aquel paraje a fin de no dañar a los habitantes y sus bienes, abandonándolos inmediatamente al acercarse el enemigo, bien hacia el oeste, a los valles del Ega, Lana y de La Berrueza, bien hacia el noreste a los de la Ulzama y Borunda. Consiguió así que el valle fuese respetado por las tropas isabelinas que transitaron por él en su búsqueda, hasta principios de abril, cuando Luis Fernández de Córdova lo recorrió, asolándolo, causando grandes daños en los bienes de sus habitantes, tratando de hacer inhabitable la guarida carlista. Zumalacárregui se encontraba actuando en el norte de Navarra y al tener noticia de la incursión isabelina, marchó rápidamente a las Amescoas, pero los isabelinos ya las habían vuelto a abandonar. Henningsen narra: «A medida que pasábamos a través de las diferentes aldeas, siguiendo las huellas del ejército de la Reina, en todas partes se nos presentaban los vestigios de su salvaje venganza; tan pronto como empezamos a descender por el desfiladero, pudimos observar fuertes columnas de humo que se levantaban de cuatro o cinco aldeas.»

Preliminares a la acción thumb|Gerónimo Valdés. El general Valdés llegó desde Madrid a Logroño el 14 de abril, marchando seguidamente a Vitoria, donde había ordenado reunirse las fuerzas disponibles en la zona. El menor de los Córdova recuerda: ...Vino al ejército Valdés sin fausto alguno ni séquito, con un solo criado y una pequeña maleta y sin caballos, uniformes ni armas. Él mismo no sabía dónde estaba el equipaje que le pertenecía. Tampoco traía dinero y nada en verdad necesitaba. De uno de los generales adquirió el sombrero, de otro el caballo que debía montar, de otros los cigarros, y la comida tomábamos en donde la había o sentíase con apetito.

El día 18 publicó Valdés un bando dedicado a los habitantes de las provincias vascas y Navarra:...es preciso, es absolutamente indispensable para vuestro propio bien y para la tranquilidad de la Nación entera, de la que formáis parte, que termine de una vez para siempre esta guerra cruel y fratricida... Ofreció también indulto a los que en un plazo de quince días abandonaban a Zumalacárregui pero acabó amenazando: ...entregaré a las llamas, sin reserva ni consideración de ninguna especie, todas las poblaciones de ciertos valles que sirven de refugio ordinario a los rebeldes y donde encuentran más recursos y criminal acogida, respetando, sin embargo, las personas y propiedades de sus habitantes, que encontrarán amparo y seguridad si se retiran a los pueblos donde haya guarnición o a las provincias pacíficas. Esta medida es dolorosa pero cuando el bien de la patria habla, deben callar todos los sentimientos humanos.

Movimientos del día 19-4-1835 El ejército isabelino, compuesto por 34 batallones, unas baterías de montaña, una de cohetes a la congreve (proyectil usado contra la caballería y que consistía en un tubo de hierro que disparaba cohetes con cabeza provista de carga explosiva), así como varios escuadrones de caballería, partió de Vitoria el 19 de abril, llegando al atardecer a Salvatierra. Eran unos 22.000 hombres.

Movimientos del día 20-4-1835 Al día siguiente partió el ejército isabelino hacia la vertiente norte de la sierra de Andía, que posee allí laderas que, aunque pendientes, permiten acceso sin dificultad por varios puertos, remontándolo por el de Olazagutía. thumb|left|Tomás de Zumalacárregui. Tan pronto como Zumalacárregui fue informado del rumbo tomado por el enemigo, ordenó a los jefes de los batallones acantonados en los cercanos valles de Ega y Berrueza que se pusiesen inmediatamente en marcha hacia las Amescoas. Durante la noche fueron llegando a Eulate, en la Amescoa Alta, formando una tropa compuesta por los batallones 2.º, 3.º, 4.º, 6.º y 10.º de Navarra, el de Guías de Navarra, el 1.º de Castilla, el 1.º de Álava y el único escuadrón de lanceros que habían conseguido crear. Eran unos 4.000 hombres.

Zarratiegui dice que :"...podía a la verdad haber aumentado algunos días antes estas fuerzas, pero las dificultades de mantenerlas en un país tan estéril y exhausto de todo, y la imposibilidad de maniobrar con soltura en un terreno tan angosto y desigual como lleno de obstáculos, le persuadieron que los diez batallones que hemos citado serían suficientes para hacer frente a los 32 de Valdés..."

En realidad, Zumalacárregui en ningún momento sopesó enfrentarse a Valdés en las Amescoas. Pensaba que éste únicamente quería manifestarle la potencia de la tropa de la que disponía, proponiéndole una vez más que entregase las armas, y en el caso de que Zumalacárregui no se aviniese a ello, mientras marchaba pausadamente por el valle a Estella, se limitaría a arrasar y saquear lo poco que había dejado indemne Luis Fernández de Córdova unas semanas antes.

Por la tarde llegó el ejército isabelino a Contrasta, asomándose a lo más alto del valle de las Amescoas. El jefe carlista Bruno Villarreal que con dos batallones vigilaba este terreno, se retiró, uniéndose al grueso de la tropa carlista en Eulate, quedando la tropa carlista compuesta por 5.000 hombres.

En la planicie que se extiende alrededor de las casas de Contrasta acampó el ejército isabelino. Fernando Fernández de Córdova lo recuerda: "Las tropas formaron en tres columnas profundas en orden paralelo, y a distancia de maniobra. Su frente abrazaba todo el valle de uno a otro lado. La caballería y artillería, convenientemente protegidas, ocupaban el centro. Avanzadas y escuchas bien colocadas cubrían al campamento. La noche, fría y oscura, hacía desear el fuego, y el general permitió se encendieran fogatas, que el soldado alumbró en gran número con la abundante leña de que disponía. Recuerdo que el aspecto del campamento fue deslumbrador e imponente. Mi batallón ocupó la cabeza de la columna del centro... los demás jefes y brigadieres estaban convenientemente repartidos y los cuerpos recibieron la orden de no moverse de sus posiciones respectivas, de guardar el mayor silencio y de no hacer fuego al enemigo sino a quemarropa, recibiéndolo con la bayoneta en caso de que se arrojara sobre nuestras filas. Mas el enemigo no dio señales de vida durante la noche, y contra su costumbre, no llegó a tirotear nuestras posiciones. Solo nos dio a conocer su inmediata presencia por una fogata encendida a nuestro frente a distancia de dos tiros de fusil, en el fondo y centro del valle..."

Allí, calentándose junto a la hoguera vista por el militar isabelino, se encontraba precisamente el capitán de lanceros carlistas Henningsen: "Envuelto en mi capote y delante de una gran fogata estaba yo, temblando de frío, pues era tan penetrante el viento que, o llevaba la llama y el calor hacia un lado, o repentinamente arrojaba sobre nuestras caras la llama y las chispas, dispersando a todo el grupo."

Movimientos del día 21-4-1835