El feudalismo en Francia es un periodo histórico de la Edad Media en Francia, en el que desapareció la noción romana de res publica y la autoridad real, en beneficio de una red de vasallaje en torno al rex francorum (rey de los francos). Sin embargo, en un amplio periodo de tiempo, los reyes franceses fueron ampliando el territorio real y afirmando su poder real sobre los principados territoriales de los grandes señores feudales, y al establecer estructuras burocráticas centralizadas se va a dar paso a la Edad Moderna en Francia.
Historia
El legado carolingio (843-987) Carlomagno continuó la política de sus predecesores los mayordomos austrasianos de otorgar beneficios territoriales (en régimen de usufructo y no de propiedad) a cambio de contar fidelidad y apoyo militar de los terratenientes, gracias a que contaba con el botín de sus campañas militares, e incluso otorgó la administración del imperio a aquellos nobles que se le habían encomendado a él personalmente bajo un vínculo de fidelidad. Pero la paralización de la expansión territorial en época de Ludovico Pío, finalizó un periodo de beneficios para la aristocracia, que ambicionando mejorar su patrimonio, dirigieron sus apetencias interviniendo en la rivalidades internas que eclosionaron en varias guerras civiles que implicaron al emperador y sus hijos. El Tratado de Verdún (843) entre los nietos de Carlomagno supuso la incapacidad de mantener una unidad política del imperio, quedando el título imperial reducido a carácter simbólico. Carlos II el Calvo recibió la Francia occidentalis en lucha contra su sobrino Pipino II el rey de Aquitania. Es este territorio de Carlos II el Calvo el que evolucionó en la moderna nación francesa.
De esta forma, a pesar de la amplitud del imperio, este carecía de ejército permanente, de marina, de fortificaciones sólidas, o de un sistema financiero. El sistema administrativo estaba en manos de una aristocracia ligada al rey por lazos de fidelidad, puesto que los recursos del rey se circunscribían a las rentas de sus dominios, de modo que el soberano, incapaz de pagar a sus agentes, se vio obligado a elegirlos entre la aristocracia (que reunía el poder militar y su propio sustento) con lo que el rey se vio incapaz de imponerles su autoridad, careciendo de fuerza propia suficiente para oponérseles. Tras la dislocación territorial de Verdún, cada reino se preocupó de su propia defensa.
En la década de 840, se incrementaron las incursiones vikingas, así en 845 los vikingos saquearon París, y entre 856-862, llevaron una acción fructífera en el Sena, a las que se añadieron en el Rin, el Somme, el Loira, el Garona, e incluso en el Ródano. En Francia occidental, las medidas del rey Carlos II se mostraron ineficaces, y la defensa, cuando se hizo, se llevó a cabo localmente levantando fortificaciones privadas sin autorización real. Los resultados de esto vienen ejemplificados durante el reinado del Carlos el Simple (898-922), cuando los normandos de Rollón el Caminante fueron reconocidos como vasallos en el área costera aguas abajo de París, en una región que se conocería como Normandía. Entretanto, los nobles ante la incapacidad real de hacer valer su autoridad, pudieron apropiarse de sus beneficios territoriales (que inicialmente les fue otorgado como usufructos) y trasmitirlos a sus hijos, además de usurpar los derechos reales, como el de acuñación de moneda, los peajes e incluso, la administración de justicia.
Un reino en el que la aristocracia territorial se ha apropiado de las funciones administrativas, que aprovecha en su propio beneficio y las transmite a sus descendencia, despojando de poder efectivo al monarca, dio lugar a la concentración de poder en "principados territoriales", debido a que la nobleza había arraigado en una región geográfica donde había adquirido varios territorios (condados) y establecido relaciones familiares. Así tenemos el ducado de Aquitania, Borgoña, y Normandía, los condados de Anjou, Champaña, Blois, Flandes, Barcelona y Tolosa. Todos estos principados reconocían al rey como su soberano, pero se sustraían a la intervención el mismo.
Dada pues la nulidad del poder monárquico, la misma monarquía se hizo electiva. A la muerte de Carlomán II en 884, no le sucedió su hermano Carlos, sino su primo el emperador Carlos III el Gordo, por elección, y tras la deposición de éste eligieron a Eudes en 888, el conde de París. Frente a éste, algunos nobles se rebelaron y eligieron a Carlos el Simple (893), que fue depuesto (922) y en su lugar los nobles eligieron al hermano del rey Eudes, Roberto I de Francia, y a su muerte (923), eligieron a su yerno Raúl. En 936, falleció el rey, y el noble más poderoso, Hugo el Grande (marqués de Neustria y conde de París, hijo del rey Roberto I), logró que los nobles llamaran al hijo de Carlos el Simple, Luis IV de Francia, recibiendo el título de Duque de los francos. Sin embargo, los carolingios sólo tenían tierras en Laon, Compiègne, Reims y Soissons, de modo que su política pasó a estar mediatizada y en conflicto con los intereses del duque de los francos y por el recién restaurado imperio, cuyo emperador va a procurar ejercer su influencia sobre Francia occidentalis, así los reyes Lotario y Hugo Capeto fueron sobrinos del Otón I.
Dinastía Capeto (987-1316) thumb|right|200px|Territorios bajo influencia de Hugo Capeto Al fallecer Luis V de Francia en 987 sin descendencia, el arzobispo Adalberón de Reims, enemistado con los últimos reyes carolingios Lotario y Luis V, convenció a los nobles que no eligieran al carolingio Carlos de Lorena ya que era vasallo del emperador y como tal había intentado usurpar la corona en 978, así que la elección se produjo en beneficio de Hugo Capeto. No obstante, la situación del monarca era muy exigua ya que solamente ejercía su influencia en torno al área de las ciudades de París y Orléans, y se encontraba amenazado por sus enemigos el conde de Blois y por el conde de Vermandois.
No obstante, como rey, se situaba en la cima de la pirámide feudal, de forma que no era vasallo de nadie y los grandes señores le debían fidelidad por medio de prestarle homenaje por sus posesiones, con estas premisas podía convocar a la hueste durante un tiempo determinado, readquirir feudos sin heredero, y confiscar los feudos de los señores felones; por otro lado, la afirmación de su posición real, venía establecida resaltando el carácter sacro de la monarquía, al consagrarse como rey en Reims con la Sagrada Ampolla —que se suponía traída por el Espíritu Santo para bautizar a Clodoveo.
thumb|left|200px|Francia en época de los primeros capetos
Pero de forma más práctica, mantuvo su posición al instigar confrontaciones entre los nobles más poderosos, y en la familia de los mismos; y por medio de hacer elegir como rey a su hijo primogénito, durante la vida del propio rey, siendo Felipe II el último rey que fue así elevado en vida de su padre.
Mientras, los primeros reyes Capeto, fueron afianzando su posición, no ya como reyes, sino como señores de sus propios feudos. El duque de Normandía se hizo coronar rey de Inglaterra en 1066, y tras acabar el periodo de Anarquía en Inglaterra, el rey francés Luis VII se encontró frente que el rey de Inglaterra Enrique II, vasallo suyo era mucho más poderoso que él mismo, ya que por herencia era duque de Normandía y conde de Anjou y Maine, y por matrimonio con la exreina de Francia y duquesa de Aquitania y Gascuña, Leonor de Aquitania, llegó a adquirir Guyena, Gascuña, Poitou, Lemosín, Angoumois, Saintonge y Périgord; y por otro lado, por el sur, se desarrolló una creciente influencia del rey de Aragón sobre Languedoc.
El reinado de Felipe II va a suponer un punto de inflexión en la monarquía francesa. Contra los angevinos, va a fomentar las disputas entre los distintos miembros de la familia real inglesa, de forma que se va a apropiar de feudos ingleses, los cuales van a quedar reducidos a Guyena; y en el sur, el Rey francés va a apoyar la Cruzada albigense para extender su influencia sobre el Languedoc. Para afirmar el poder real sobre las nuevas tierras, realizó cambios administrativos al servicio de una concepción de bien público, no en vano, Felipe II empezó a titularse como Rey de Francia, frente a Rey de los francos utilizado con anterioridad. Todos estos logros van a confirmarse tras su victoria en la Batalla de Bouvines (1214), y la posición dinástica de los Capeto quedó tan plenamente consolidada, que la monarquía dejó de ser electiva y pasó a serlo hereditaria, terminando la costumbre de coronar como rey al posible sucesor en vida del padre.
thumb|right|200px|Conquistas de Felipe Augusto Sus sucesores van a afirmar el poder monárquico, organizándose instituciones como la corte real de justicia, los parlamentos, la moneda real, la Cámara de cuentas; los reyes apoyan el desarrollo de las ciudades frente a los señores feudales, y ampliaron los territorios del dominio real especialmente con Languedoc y Champaña. Para evitar la división del reino o guerras civiles entre el rey y sus hermanos, los monarcas infeudaban a sus hijos varones con territorios llamados apanage, que revertían a la Corona en caso de extinguirse la línea masculina.
Fin de los Capetos y su sucesión (1316-1337) Las leyes de sucesión al trono de Francia no se codificaron hasta septiembre de 1791. Como los reyes de la Dinastía de los Capetos desde el año 987 siempre habían dejado un sucesor, nunca se había planteado un problema sucesorio de esta naturaleza, pero en 1316 la muerte del rey Luis X suscitó el problema sucesorio, ya que solo tenía una hija de 6 años (Juana II de Navarra) y una esposa embarazada, quien dio luz a un varón, el rey Juan I de Francia, pero murió a los cinco días. Su tío, el regente Felipe de Poitiers, aprovechó el escándalo de la torre de Nesle para cuestionar la legitimidad de su sobrina, como hija de Margarita I de Borgoña —acusada y castigada por adúltera— a pesar de que había nacido unos años antes de tales sucesos; además, por contraste, este argumento no impidió que Juana fuera reconocida como legítima reina de Navarra, junto a su esposo Felipe de Évreux, unos años más tarde. Felipe de Poitiers también rechazó los derechos dinásticos de otra mujer, Isabel, hija de Felipe III y casada con el rey inglés Eduardo II, para impedir que este pudiera dirigir el país como rey consorte. Por todo ello, además de su mayor grado de proximidad con San Luis, movió a Felipe de Poitiers a motivar su consagración como rey con el apoyo de parte de la nobleza. En febrero de 1317, los Estados Generales aprobaron la coronación de Felipe y declararon que las mujeres no llegarían a ser reinas de Francia. A la muerte de Felipe V (1322), sin descendencia masculina le sucedió su hermano Carlos IV. A la muerte de Carlos IV en 1328 dejaba como descendencia una hija, María, y su viuda embarazada, quien finalmente dio a luz a otra hija. Realmente en estas fechas aún no se invoca la conocida ley sálica, que tardaría aún varios años (en 1358) en servir de argumento para justificar estos rechazos a posteriori, especialmente para el caso de los derechos dinásticos de Juana II de Navarra que, aunque fallecida ya entonces, servían de base a su hijo Carlos II de Navarra para defender sus acciones y aspiraciones al trono francés. Una vez soslayados los derechos de las hijas de Luis X, Felipe V y Carlos IV, los aspirantes al trono eran Felipe de Valois como primo hermano del rey difunto y nieto de Felipe III, Felipe de Évreux, como primo de Carlos IV y de Felipe de Valois, casado con Juana II de Navarra, hija de Luis X y, como consorte, junto a ella, jurado como Felipe III rey de Navarra (1329).