Durante la Segunda Guerra Mundial, la Wehrmacht, es decir, las fuerzas armadas de la Alemania nazi —integradas por el Heer (ejército de tierra), la Kriegsmarine (armada) y la Luftwaffe (fuerza aérea)—, cometió crímenes de guerra sistemáticos que incluyeron masacres, violaciones masivas, saqueos, la explotación de trabajadores forzados, el asesinato de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos y la participación en el exterminio de los judíos. Aunque las fuerzas del propio partido nazi —en particular las SS-Totenkopfverbände, los Einsatzgruppen y las Waffen-SS— fueron la organización con mayor responsabilidad en el Holocausto, las fuerzas armadas regulares de la Wehrmacht cometieron numerosos crímenes de guerra propios, además de colaborar en los de las SS, especialmente en el Frente Oriental.
Las estimaciones sobre el porcentaje de soldados de la Wehrmacht que cometieron crímenes de guerra varían mucho, desde cifras de un solo dígito hasta la gran mayoría. Los historiadores Alex J. Kay y David Stahel sostienen que, si además de los asesinatos se incluyen crímenes como la violación, el trabajo forzado, la destrucción injustificada y el saqueo, «sería razonable concluir que una mayoría sustancial de los diez millones de soldados de la Wehrmacht desplegados en uno u otro momento en la guerra germano-soviética estuvieron implicados o fueron cómplices de conductas criminales». En relación con los genocidios cometidos por el régimen, la Wehrmacht ha sido considerada «un factor crucial en el crimen más horrendo perpetrado por nación alguna en la historia moderna».
Creación de la Wehrmacht y adoctrinamiento nazi
Cuando el partido nazi llegó al poder en 1933, casi todo el cuerpo de oficiales de la Reichswehr (las fuerzas armadas de la República de Weimar) acogió el cambio con satisfacción, porque los nazis defendían la remilitarización de Alemania, el rearme y la militarización total de la sociedad alemana, con el fin de asegurar que Alemania no perdiera la siguiente guerra.
Tanto el régimen nazi como el ejército alemán aspiraban a una Volksgemeinschaft (comunidad del pueblo) totalmente militarizada y depurada de los que consideraban enemigos internos, como los judíos, a quienes muchos creían responsables de haber «apuñalado a Alemania por la espalda» en 1918, según la leyenda de la puñalada por la espalda.
La Wehrmacht fue creada por Adolf Hitler en 1935 mediante una ley que introdujo el servicio militar obligatorio. Estaba compuesta tanto por voluntarios como por reclutas.
Muchos oficiales abrazaron de buen grado la ideología nazi durante la década de 1930. Por iniciativa propia, el ministro de Defensa Werner von Blomberg ya había expulsado del ejército a todo su personal judío en febrero de 1934.
El 8 de diciembre de 1938, la cúpula del ejército ordenó a todos los oficiales conocer a fondo el nacionalsocialismo y aplicar sus valores en cualquier situación. A partir de febrero de 1939 se publicaron folletos de lectura obligatoria en el ejército. Su contenido puede deducirse de los títulos: «El oficial y la política», «La misión histórico-universal de Hitler», «El ejército en el Tercer Reich», «La batalla por el espacio vital alemán», «¡Fuera las manos de Dánzig!» y «La solución final de la cuestión judía en el Tercer Reich». Este último ensayo proclamaba: Actitudes como estas impregnaron todas las instrucciones que recibieron las tropas de la Wehrmacht en el verano de 1939 como preparación del ataque contra Polonia.
Las «órdenes criminales»
Durante la planificación de la invasión de la Unión Soviética, la cúpula de la Wehrmacht elaboró una serie de órdenes que contravenían el derecho internacional y los códigos de conducta establecidos, y que pasaron a conocerse en conjunto como las «órdenes criminales». En la práctica, estas órdenes eran una declaración de guerra contra la población civil.
En noviembre de 1935, el laboratorio de guerra psicológica del Ministerio de Guerra del Reich presentó un estudio sobre la mejor manera de socavar la moral del Ejército Rojo en caso de estallar una guerra germano-soviética. En estrecha colaboración con el Partido Fascista Ruso, formado por emigrados y con sede en Harbin (China), la unidad alemana de guerra psicológica elaboró una serie de panfletos en ruso para distribuirlos en la Unión Soviética. Gran parte del material estaba diseñado para explotar el antisemitismo ruso: un panfleto llamaba a los «señores comisarios y funcionarios del partido» un grupo de «judíos mayormente inmundos», y terminaba con un llamamiento a los «hermanos soldados» del Ejército Rojo para que se alzaran y mataran a todos los «comisarios judíos».
Aunque aquel material no se utilizó en su momento, en 1941 se recuperó y sirvió de base no solo para la propaganda dirigida a la Unión Soviética, sino también para la propaganda interna de la propia Wehrmacht. Antes de la Operación Barbarroja, las tropas alemanas fueron sometidas a un violento adoctrinamiento antisemita y antieslavo mediante películas, radio, conferencias, libros y folletos. Las conferencias corrían a cargo de los «oficiales de dirección nacionalsocialista», nombrados con ese fin, y de sus oficiales subalternos. La propaganda del ejército alemán presentaba al enemigo soviético en los términos más deshumanizados: describía al Ejército Rojo como una fuerza de Untermenschen («subhumanos») eslavos y de salvajes «asiáticos» que empleaban «bárbaros métodos asiáticos de combate», dirigidos por malvados comisarios judíos a quienes las tropas alemanas no debían conceder clemencia alguna.
El historiador británico Richard J. Evans escribió que los oficiales subalternos solían ser nacionalsocialistas especialmente fervientes: en 1941, un tercio de ellos eran miembros del partido nazi. La Wehrmacht no obedeció las órdenes criminales de Hitler para Barbarroja solo por disciplina, sino porque compartía su convicción de que la Unión Soviética estaba gobernada por judíos y de que Alemania debía destruir por completo el «judeobolchevismo».
Orden de los Comisarios
Las «Directrices para el tratamiento de los comisarios políticos» presentaban la guerra contra la Unión Soviética como un conflicto de diferencias ideológicas y raciales, y ordenaban la liquidación inmediata de los comisarios políticos del Ejército Rojo. La orden se formuló en 1941 con la participación del Alto Mando del Ejército (el OKH) y fue emitida por el Alto Mando de la Wehrmacht (el OKW). El general Franz Halder la acogió con satisfacción y escribió que «las tropas deben participar en la batalla ideológica de la campaña del Este hasta el final».
El 17 de julio de 1941, el OKW declaró que la Wehrmacht debía:
En consecuencia, todos los prisioneros de guerra soviéticos considerados comisarios, junto con todos los prisioneros judíos, debían ser entregados a los Einsatzgruppen para ser fusilados. El OKW atribuía gran importancia al asesinato de los prisioneros que creía comisarios, pues temía que, si los comisarios capturados llegaban a los campos de prisioneros en Alemania, organizaran otra «puñalada por la espalda» como la que, según esa leyenda, había causado la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Entre julio y octubre de 1941, entre 580 000 y 600 000 prisioneros de guerra bajo custodia de la Wehrmacht fueron entregados a las SS para su asesinato.
En septiembre de 1941, tanto Helmuth James von Moltke como el almirante Wilhelm Canaris escribieron memorandos en los que señalaban al OKW que la orden del 17 de julio de 1941 era ilegal según el derecho internacional.
En particular, tanto Moltke como Canaris advirtieron que el argumento alemán de que los prisioneros soviéticos carecían de derechos porque la Unión Soviética no había ratificado la Convención de Ginebra no era válido, ya que Alemania sí la había ratificado y, por tanto, estaba obligada por el derecho internacional a dar un trato humano a los prisioneros bajo su custodia. En respuesta, el mariscal de campo Wilhelm Keitel escribió: «Estos escrúpulos responden a los conceptos militares de una guerra caballerosa. Aquí nos ocupamos del exterminio de una ideología. Por eso apruebo y defiendo esta medida».
En el verano de 1942 se produjo una liberalización ilusoria del trato a los oficiales políticos capturados. El 10 de junio, el jefe de la Gestapo, Heinrich Müller, emitió una orden sobre la segregación de los prisioneros y dispuso que los comisarios fueran aislados del resto y enviados al campo de concentración de Mauthausen-Gusen. Sin embargo, esto apenas cambió la suerte de los comisarios, ya que Mauthausen era uno de los peores campos de concentración nazis, donde por lo general les aguardaba una muerte lenta. El 20 de octubre de 1942, Müller volvió a ordenar que los comisarios capturados en combate fueran fusilados en el acto; solo los identificados como desertores serían enviados a Mauthausen. En los meses siguientes se siguieron registrando informes sobre ejecuciones de comisarios soviéticos. La última noticia conocida de la liquidación de un oficial político procede de unidades del Grupo de Ejércitos Sur en julio de 1943.
El historiador Jürgen Förster escribió que la mayoría de los oficiales de la Wehrmacht creía sinceramente que la mayor parte de los comisarios del Ejército Rojo eran judíos, y que la mejor manera de derrotar a la Unión Soviética era matarlos a todos para privar así a los soldados soviéticos de sus dirigentes judíos.
Decreto Barbarroja
El trasfondo del Decreto Barbarroja fue expuesto por Hitler durante una reunión de alto nivel con mandos militares el 30 de marzo de 1941, en la que declaró que la guerra contra la Rusia soviética sería una guerra de exterminio, en la que las fuerzas alemanas erradicarían tanto a la élite política como a la intelectual de Rusia para asegurar una victoria alemana duradera. Hitler subrayó que las ejecuciones no serían asunto de los tribunales militares, sino de la acción organizada del propio ejército.
El decreto, emitido por el mariscal de campo Keitel pocas semanas antes de la Operación Barbarroja, eximía de la jurisdicción de la justicia militar los delitos punibles cometidos por civiles enemigos en Rusia. Los sospechosos debían ser llevados ante un oficial, que decidiría si eran fusilados.
La orden especificaba lo siguiente:
«Los partisanos deben ser eliminados sin contemplaciones en combate o durante los intentos de fuga», y todos los ataques de la población civil contra soldados de la Wehrmacht debían ser «reprimidos por el ejército en el acto con medidas extremas, hasta la aniquilación de los atacantes».
«Todo oficial de la futura ocupación alemana en el Este estará facultado para ejecutar sin juicio, sin formalidad alguna, a cualquier persona sospechosa de tener una actitud hostil hacia los alemanes» (lo mismo se aplicaba a los prisioneros de guerra).
«Si no se ha logrado identificar y castigar a los autores de actos antialemanes, se permite aplicar el principio de responsabilidad colectiva. Las "medidas colectivas" contra los habitantes de la zona donde se produjo el ataque podrán aplicarse previa aprobación del comandante de batallón o de un nivel de mando superior».
Los soldados alemanes que cometieran crímenes contra la humanidad, contra la URSS o contra prisioneros de guerra quedaban exentos de responsabilidad penal, incluso si sus actos eran punibles según la ley alemana.