Luis Guillén de Moncada y Aragón (Collesano, 1 de enero de 1614 – Madrid, 4 de mayo de 1672), duque de Montalto, príncipe de Paternò y grande de España, por matrimonio también duque de Alcalá (1637–1639), fue un noble y hombre de estado español, comendador de Belvís de la Sierra en la orden de Alcántara, caballero del Toisón de Oro, teniente del virrey de Sicilia en 1635, virrey de Cerdeña en 1644, de Valencia en 1652, embajador de Felipe IV ante el Sacro Imperio Romano Germánico, consejero de estado y desde 1667 cardenal.Vicente de la Fuente: Historia eclesiástica de España, tomo IV, pág. 153.

Primeros años Segundo hijo de Antonio de Aragón y Moncada, duque de Montalto, príncipe de Paternó y grande de España, y de Juana de la Cerda, hija del duque de Medinaceli. En su padre confluía la jefatura de una de las principales casas nobiliarias de Sicilia —los Moncada de Paternò—, con la de los duques de Montalto, de Nápoles, descendientes del rey Ferrante I y, por ello, de sangre real aragonesa. Luis Guillén nació en 1614 en Collesano, uno de los dominios sicilianos paternos, y su infancia transcurrió entre ambos reinos, entonces integrados en la monarquía hispánica.

En 1625 muere el hermano mayor, Francisco, conde de Caltanissetta. Sus padres, sumidos en una profunda tristeza, decidieron entrar en religión. Con las preceptivas bulas papales se autorizó la separación del matrimonio. La duquesa Juana tomó el hábito de carmelita descalza con el nombre de sor Teresa del Espíritu Santo y fundó el convento de la Asunción de Palermo, pero más adelante decidió trasladarse al de San Giuseppe en Nápoles, del que fue priora hasta su muerte. Por su parte, el duque Antonio se ordenó sacerdote jesuita, renunció a sus bienes y estados e ingresó en la casa profesa de Nápoles.

En 1627, con solo trece años, Luis Guillén fue investido duque de Montalto y quedó al frente del patrimonio familiar. Su padre le puso bajo la protección del virrey de Nápoles, el duque de Alcalá, al que encargó que ≪sostenga a la casa de Montalto en el lugar que le corresponde, siendo tan honroso el oficio de vicepadre como glorioso el de viceré≫. En efecto, el virrey Alcalá se ocupó del joven duque y, tan solo dos años después, en 1629, lo casó con su hija, María Enríquez de Ribera. La boda se celebró con gran pompa en el palacio real, precedida de una cabalgata pública por la ciudad, en la que el virrey dio al novio la mano derecha y el tratamiento de excelencia, gesto que provocó numerosas críticas.

En cumplimiento de las capitulaciones de sus abuelos, Francisco de Moncada y María de Aragón —que imponían a sus sucesores la obligación de portar ambos apellidos, alternando su orden en cada generación—, Luis Guillén antepuso Moncada, tal como correspondía a su turno en la línea sucesoria. Ahora cabeza de familia, era también responsable de la educación y el porvenir de sus hermanos menores, Ignacio y Mariana, por lo que tuvo que negociar sus respectivos enlaces con Ana María Gaetani y con el marqués de Castel Rodrigo.

Gobierno en Sicilia En 1632, el duque de Alcalá fue enviado al virreinato de Sicilia, un destino considerado de menor importancia que el napolitano, que el conde-duque de Olivares entregó a su cuñado, el conde de Monterrey. Aprovechó Olivares la controversia sobre el recibimiento que el virrey dispensó a la reina de Hungría —hermana de Felipe IV— a su paso por Nápoles, camino de la corte vienesa. Para Luis Guillén, sin embargo, el nombramiento supuso un acercamiento estratégico a su base de poder patrimonial en la isla. A la sombra de su suegro, consolidó su presencia señorial y comenzó a ejercer influencia política. Participó activamente en los parlamentos de 1633 y 1635 como primera voz del brazo nobiliario, y sus propuestas fiscales fueron finalmente adoptadas por la asamblea.

En el otoño de 1635, Alcalá tuvo que marcharse a Milán, donde el gobernador, el marqués de Leganés, se había puesto al mando de las tropas para hacer frente a una ofensiva franco-saboyana, en el marco de la guerra de los Treinta Años. Antes de partir, dejó el gobierno de la isla en manos de su joven yerno, quien, tras varios meses en funciones, fue confirmado desde Madrid como presidente del Reino y capitán general interino, hasta la llegada de un nuevo virrey.

A este nombramiento se opuso el cardenal Giovanni Doria, arzobispo de Palermo, que lo señaló como un ejercicio de nepotismo por parte del virrey Alcalá. Doria, que ya había cubierto anteriores ausencias, se consideraba más apto por edad, rango y experiencia, e hizo valer sus conexiones con el conde-duque de Olivares para intentar sustituir a Montalto. Sin embargo, el contexto de urgencia fiscal por la guerra —la Unión de Armas— y la crisis económica general garantizaron la permanencia del duque, que contaba con un mayor control del parlamento para sacar adelante las reformas necesarias.

Su mandato estuvo marcado por las malas cosechas de 1635-1636, que provocaron problemas de abastecimiento y episodios de desorden público, como los ocurridos en Trapani en octubre de 1636, sofocados por fuerzas militares. La gestión del grano se convirtió en una cuestión central de gobierno. Para hacer frente a la crisis, Montalto redistribuyó la carga fiscal hacia otros sectores productivos y restringió temporalmente la salida de trigo del reino. En ese contexto, suspendió los privilegios tradicionales de los caballeros de San Juan para el abastecimiento de la isla de Malta, sede de la orden, lo que generó tensiones diplomáticas.

Montalto tuvo también que hacer frente a la exigencia de obtener recursos para la guerra. Convocó sesiones extraordinarias del parlamento en junio y diciembre de 1636 y en mayo de 1638, en las que logró sacar adelante donativos de gran envergadura y nuevos impuestos —sobre la seda, la sal o el aceite— evitando agravar la fiscalidad sobre el grano. Su actuación fue valorada por su eficacia recaudatoria, aunque no faltaron suspicacias por el impacto indirecto de estas políticas en sus propios intereses económicos como gran terrateniente local.

thumb|right|El duque de Montalto y Alcalá, presidente del reino de Sicilia (1638). Moneda de bronce, 66mm de diámetro, con leyenda: . Museo del Prado, Madrid. Durante su presidencia impulsó proyectos artísticos y arquitectónicos, principalmente en Palermo, donde se concluyó la puerta Felice y se erigió la puerta Montalto, en paralelo a las obras de reparación y refuerzo de las fortificaciones urbanas. Asimismo, encargó al pintor Pietro Novelli y su círculo la decoración de varias estancias del Palazzo dei Normanni, conocidas como las salas Montalto, con escenas que combinaban la exaltación de la casa de Moncada con alegorías de la autoridad de la Monarquía.

Dado su arraigo patrimonial en la isla, Montalto alternó su residencia entre su palacio privado de Palermo, el Ajutamicristo –cuyos jardines abrió ocasionalmente al público– y la ciudad de Caltanissetta, centro de sus dominios feudales, con una especial predilección por el pabellón de caza que poseía en el cercano bosque de Mimiani.

Desde marzo de 1637, el gobierno de Sicilia había quedado formalmente vacante por la muerte el virrey Alcalá, ocurrida en Villach, cuando se dirigía una cumbre diplomática en Colonia. Luis Guillén, ya duque de Montalto y Alcalá, al haber recaído el título en su esposa, continuó ejerciendo las funciones de presidente del Reino y capitán general interino mientras llegase nuevo virrey. No fue hasta la primavera de 1639 cuando tomó posesión el portugués Francisco de Melo, conde de Assumar, hombre de confianza del conde-duque de Olivares.

Segunda boda y primera visita a España Terminado su mandato, los duques de Montalto partieron hacia Roma. Durante el viaje murió la duquesa, ya enferma, en una escala en el puerto de Gaeta el 7 de mayo de 1639. Llegado a su destino, el joven viudo residió todo un año en el palacio de España, sede del embajador español en la corte de Urbano VIII, el marqués de Castel Rodrigo, tío materno de su difunta esposa, y cuyo primogénito, Francisco, contrajo matrimonio con su hermana Mariana.

Montalto regresó a sus estados, instalándose en Caltanissetta, lejos del poder virreinal, para ocuparse de sus asuntos patrimoniales e iniciar las negociaciones de una nueva boda. En Madrid se tenía una imagen favorable del duque, por su éxito recaudatorio en Sicilia, así como los lujosos obsequios que había enviado a la familia real. El conde-duque favoreció su unión con Catalina de Moncada, hija del fallecido marqués de Aytona, que fue gobernador de los Países Bajos. Catalina tenía una preemiente posición cortesana como dama favorita de la reina Isabel, y encabezaba la oposición a la condesa de Olivares. El valido probablemente quiso alejarla de la soberana con un cargo en el gobierno imperial para la nueva pareja. De hecho, las capitulaciones matrimoniales incluían expresamente en la dote de la novia la concesión de «su Magestad [...] de un govierno e virreynato en España para el dicho excelentísimo señor príncipe de Paternó, duque de Montalto».

thumb|right|Catalina de Moncada, duquesa de Montalto, retrato en miniatura de Juan Ayerbe, 1657. Óleo sobre cobre, 36 x 26 cm, colección privada. La boda, que unía tras siglos a las ramas catalana y siciliana de los Moncada, se celebró por poderes en Caltanissetta en octubre de 1641, tras lo cual Montalto zarpó a España: primero a Zaragoza y finalmente a Madrid, donde tuvo lugar la ceremonia nupcial, en enero de 1644, en presencia de los reyes. En la corte, el duque tenía que negociar su futuro, ya no con Olivares, que había caído meses antes. Parece que Montalto tuvo interés en una carrera el militar en los Países Bajos -quizás con miras a la gobernación- y en los virreinatos napolitano o siciliano, pero ninguna de estas pretensiones tuvo éxito. Sí obtuvo el bien pagado cargo vitalicio de capitán general de la caballería de Nápoles, que había ostentado su suegro Aytona, y, finalmente, fue designado virrey de Cerdeña.

Virrey de Cerdeña Durante su gobierno en Cerdeña (1645-1649), el duque de Montalto hubo de afrontar tanto problemas de orden interno —como el bandolerismo y el desorden jurisdiccional, atajado con la activación de la cámara criminal de la Real Audiencia— como las crecientes exigencias militares y fiscales derivadas del socorro a otros territorios de la Monarquía Hispánica. El envío de hombres y recursos destinados a sofocar la sublevación de Cataluña y, después, a las revueltas de Nápoles y Sicilia iniciadas en esos años, se convirtió en el eje de su política de gobierno en la isla. Montalto logró mantener el orden interno, y pudo enviar cuantiosos refuerzos a la armada de Juan José de Austria, encargado de contener el levantamiento napolitano de 1647-1648.

A pesar del contexto de crisis, el virrey Montalto promovió importantes reformas en el palacio real de Cagliari, incluyendo una galería de retratos de virreyes, pues consideró la residencia poco funcional y desprovista del decoro necesario. El coste de estas intervenciones suscitaron un conflicto con las autoridades del reino, que calificaron los trabajos como «obras superfluas», reflejo de las tensiones entre la política de representación del virrey y las limitaciones financieras de la Cerdeña del momento.