El naufragio de la torpedera de mar Rosales, que tuvo lugar en 1892 en las costas del Uruguay, fue una tragedia marítima en la que sobrevivieron la mayor parte de los oficiales, pereciendo la mayoría de los tripulantes. Representó uno de los más polémicos incidentes en que se vio envuelta la Armada Argentina en el .

Historia La Rosales 250px|right|thumb|Torpedera de alta mar ARA Rosales La torpedera de mar Rosales, contratada a la compañía Laird Brothers en 45000 libras, fue construida junto a su gemela Espora en los astilleros Cammell Laird de Birkenhead, Inglaterra, botada el 7 de mayo de 1890 y conducida al país por Leopoldo Funes en febrero de 1891 arribando a la ciudad de Buenos Aires el 4 de abril de ese año.

Tenía 64 m de eslora, 7,62 m de manga, 4,96 m de puntal, un calado medio de 2,79 m y desplazaba 520 t. Estaba armada con dos cañones Nordenfeldt de tiro rápido de 75 mm, uno de 61 mm, dos de 47 mm, 2 ametralladoras Nordenfeldt y 5 tubos lanzatorpedos. Dos máquinas de triple expansión Brotherhood de 3.535 HP alimentadas por 4 calderas tipo locomotora Whitehead impulsaban 2 hélices de bronce de 3 palas y le permitían alcanzar una velocidad de crucero de 10 nudos y una máxima de 19,5. Con una capacidad de 130 t de carbón tenía una autonomía de 3.322 millas. Su tripulación nominal era de 74 hombres. Su casco era de acero Siemens.

Durante ese año la Rosales se ejercitó en aguas del Río de la Plata integrando la Escuadrilla de Torpederos. En noviembre fue enviada a proteger los intereses y vidas de los ciudadanos argentinos ante una revolución en el estado brasileño de Río Grande do Sul. Al salir de la Dársena Sur del puerto de la ciudad de Buenos Aires, tuvo una colisión con el mercante inglés Spencer que produjo averías en el casco, pese a lo que continuó con su misión regresando el 2 de febrero de 1892 e integrándose a la Escuadra en Evoluciones sin pasar a dique.Algunas fuentes indican que el choque no fue informado, pero no fue así. Un rápido sumario en que actuó como perito el capitán de fragata Atilio Sixto Barilari constató el hundimiento de tres chapas en el costado de babor. Sí es cierto que la nave continuó en operaciones.

A fines de junio de 1892 zarpó rumbo a la ciudad de Rosario y al llegar recibió la orden de regresar para sumarse a la división naval, que al mando del almirante Daniel de Solier e integrada por el Almirante Brown y el crucero 25 de Mayo, representaría a la Argentina, Brasil y Chile en los festejos del 400 aniversario del descubrimiento de América.

Las condiciones climáticas en el Río de la Plata habían sido en extremo severas desde el inicio del invierno y se habían producido ya varios naufragios por lo que cabía esperar mal tiempo en la salida de la división naval. Tras un rápido alistamiento y una revista encabezada por el presidente Carlos Pellegrini, en la mañana del 7 de julio partió la división con cielo despejado aunque fuertes vientos.

Secundaba al capitán de fragata Leopoldo Funes el teniente de navío Jorge Victorica. La plana mayor del Rosales estaba también compuesta por los alférez de fragata Jorge Goulú, Florencio Donovan, Carlos González, Pablo Tejera y Miguel Giralt y los guardiamarinas León Gaudín y N. Gayer. También viajaban a Europa como agregados el teniente de fragata Pedro Mohorade y el alférez de navío Julián Irizar, quienes debían incorporarse al cuerpo de oficiales del acorazado de río Libertad, que se construía en Inglaterra. Completaban la oficialidad el comisario Juan Solernó, el farmacéutico Tomás Salguero, el primer maquinista Manuel C. Picasso, y los maquinistas Martín Barbará, Pedro B. Álvarez y Luis Silvany.

La versión oficial thumb|263px|Faro de Cabo Polonio thumb|263px|Playa Sur, Cabo Polonio Al intentar dejar el estuario la división debió enfrentar un fuerte viento de proa y la Rosales comenzó a retrasarse visiblemente. En las primeras horas de la madrugada del 8 de julio los vientos provocaban ya olas de hasta 9 metros y después de varias horas las vibraciones hicieron que las planchas del casco se abrieran y la nave empezó a hacer agua.

A las 6 de la mañana el Almirante Brown perdió contacto con la Rosales: De Solier supuso que Funes con su pequeño buque se habría puesto a cubierto del temporal y enfilado hacia la costa, por lo que optó por continuar su marcha. Pero la Rosales intentó mantener rumbo resistiendo el temporal durante todo el día hasta que a las 8 de la noche el fondo tocó un escollo no señalado en las cartas de navegación.

Poco después, las olas que barrían violentamente la cubierta apagaron los fuegos de las calderas con lo que dejaron de funcionar las máquinas y de responder el timón. En la mañana del 9 de julio la situación era ya insostenible. La torpedera claramente se iba sumergiendo por proa aunque el cuerpo de oficiales y la marinería proseguían manualmente el desagote. A las 6 de esa tarde Funes convocó un consejo de oficiales que resolvió abandonar la nave.

Las dos lanchas de salvamento disponibles (con capacidad para 10 hombres y un patrón), el guingue del comandante (6 hombres y un patrón) y un chinchorro (4 hombres y un patrón) permitían salvar solo a 34 hombres, un poco más excediendo sus capacidades nominales, por lo que no alcanzaban para los aproximadamente 80 tripulantes. El comandante Funes ordenó entonces a su segundo Victorica improvisar una gran balsa con los elementos disponibles a bordo.

Una vez finalizada la construcción de la balsa bajo la dirección de Victorica y el contramaestre Lacroix, Funes ordenó distribuir agua y víveres en las embarcaciones y seguidamente arengó a sus hombres. La tripulación vivó a la patria y a su comandante y fueron ocupando sus puestos en las balsas, vigilados revólver en mano por Funes y Victorica, quienes no debieron intervenir ante la férrea disciplina de sus hombres.

Funes decidió embarcar en una de las lanchas con los 17 oficiales, Manuel Revelo (mozo a su servicio), el primer condestable Iglesias, el cabo de cañón Pérez, el foguista Heggie, el guardamáquinas Marcelino Vilavoy, el aprendiz González Casas y el foguista Pascual Battaglia.

En las embarcaciones de los tripulantes no embarcaba así ningún oficial para dirigirlas. Funes consideraba que solo Victorica y el teniente de navío Mohorade eran aptos para esa misión, pero el primero estaba con fiebre alta y al segundo un golpe contra la cubierta durante la tormenta le había abierto dos heridas en el rostro. Los restantes oficiales eran a su juicio demasiado jóvenes e inexpertos para comandar a los náufragos en esa situación, por lo que lo más prudente era entonces confiar el mando al contramaestre, los condestables y los oficiales de mar (suboficiales).

Funes aguardó hasta que el último tripulante embarcara, y tras recorrer el buque por última vez abordó la lancha, que se alejó del buque, el cual pocos minutos después, en la noche del 9 al 10 de julio de 1892, se hundió, a 200 millas al SE de Cabo Polonio.

La balsa construida a bordo era remolcada por la restante lancha, comandada por el contramaestre, hasta que un golpe de mar rompió el cabo y quedó a merced de las olas. Pronto, la lancha de los oficiales perdió de vista a las demás. Al amanecer del 10 de julio aunque se mantenían grandes olas, la tempestad había amainado, por lo que se arboló la lancha, se distribuyeron los víveres y se puso rumbo hacia la costa con viento favorable.

En la mañana del 11 hicieron señales sin éxito a la corbeta estadounidense USS Bennington, a las 5 de la tarde divisaron tierra y, al anochecer, el faro de cabo Polonio. A las 19:30, ya con noche cerrada y sin luna, las olas impulsaron al bote contra los escollos y arrecifes de la Punta Diablo hasta que sus tripulantes perdieron el control y la embarcación volcó. El aprendiz González Casas, de solo 14 años de edad, murió al golpear la frente contra el borde de la lancha mientras que el alférez Miguel Giralt, el maquinista Luis Silvany y el foguista Heggie desaparecieron. El guardiamarina N. Gayer alcanzó a llegar a la costa pero cayó extenuado en las rocas y fue devorado por los lobos marinos.

De los 24 tripulantes de la lancha solo 19 habían sobrevivido y se reunían en la costa a una legua del faro de cabo Polonio. El alférez Julián Irizar caminó hasta el faro en busca de auxilio. El encargado, el siciliano Pedro Grupillo, reunió algunos cazadores de lobos y con un carro y varios caballos trajo en varios viajes a los náufragos excepto a Funes, quien prefirió caminar hasta el faro solo para caer agotado a la mitad del camino siendo entonces recogido por el encargado del faro. Al día siguiente se encontraron los cadáveres de González Casas y de Gayer.

La reacción pública El 12 de julio Funes envió desde la cercana población de Castillos un telegrama al ministro argentino en Montevideo, Enrique B. Moreno: "Comunico que el 9 naufragó a 200 millas al Este de cabo Polonio torpedera “Rosales” de mi mando. Oficialidad y tripulación trasbordaron a botes y balsas. Embarcación ocupada por mí, oficiales y maquinistas embicó costa Polonio salvándonos. No tengo noticias de las otras embarcaciones. Pido auxilios en su búsqueda urgente".

Eduardo Jones, director de Correos y Telégrafos del Uruguay, comunicó pocas horas después la noticia a su colega argentino Carlos Carlés, quien le dio traslado al Ministro de Relaciones Exteriores Estanislao Zeballos y este al presidente Pellegrini, quien se preparaba a asistir a una función del teatro Ópera.

En la mañana del día 13 el periódico La Prensa titulaba "La división naval. Temporal en Alta Mar. Dispersión de las Naves. Lucha de la Rosales con el mar. Naufragio de la misma. Probabilidades de lo ocurrido según opiniones de peritos. Medidas de salvación de oficiales y tripulantes. Náufragos a merced del océano. Impresiones de sentimiento. La marina se forma en los contrastes del mar. Suscripción popular espontánea para reponer la Rosales. Salida de la Espora en socorro de los náufragos".

La reacción de la población y de sus principales instituciones fue solidaria y patriótica. Ese mismo día Pellegrini firmó un decreto proponiendo una partida adicional de 50 mil libras esterlinas para la compra de un nuevo torpedero de alta mar e instruyó al embajador argentino en Londres Luis L. Domínguez para iniciar las gestiones con ese objetivo, mientras que varias entidades que nucleaban a los ciudadanos de mayor poder adquisitivo iniciaron colectas para apoyar la iniciativa del ejecutivo.

Sin embargo, desde el primer momento surgían dudas respecto de lo sucedido. La Prensa afirmaba que "(Funes) responderá de sus actos con arreglo a las ordenanzas y en la tremenda situación en que se encuentra luego de peregrinar tres días entre las olas en su guingue hasta tocar puerto de salvación. Solamente podemos desear que su conducta resulte del crisol a que será sometida, honrosa para él y para la marina en la desgracia en la cual quisiéramos también poder decir que no hay desdoro de caer vencido por el océano y por el huracán después de haber cumplido su deber. No pierden buques los arrieros porque no navegan.(...) La Rosales tenía cuatro botes en esta forma: el guingue del comandante, el chinchorro de pintar y dos lanchas grandes. Se deduce que el salvataje en tan horribles momentos ha sido operado con serenidad, tomando el guingue o bote insignificante para luchar con el mar, el jefe y oficialidad de guerra y de máquina, cediendo las lanchas a la tripulación. Como eran 70 hombres y es probable que embarcaran agua y víveres es claro que las lanchas no bastaban y de ahí la idea de última esperanza de atar maderos improvisando una balsa. El guingue del capitán ha tardado tres días en llegar a la costa oriental de Castillos".