Bulgaria durante el periodo de entreguerras, con los territorios perdidos en el Tratado de Neuilly-sur-Seine que puso fin a la Primera Guerra Mundial.|thumb|upright=1.7
El periodo de entreguerras en Bulgaria fue una etapa de la historia de dicho país que duró desde el armisticio de septiembre de 1918 que puso fin a la participación del país en la Primera Guerra Mundial hasta la entrada del país en la Segunda Guerra Mundial en la primavera boreal de 1941.
A pesar de ser la sociedad más igualitaria en términos de propiedad de la Europa oriental del momento, de ser además la que permitía mayor ascenso en la escala social y de no contar con grandes minorías culturales, el país sufrió durante el periodo de entreguerras una violencia crónica y el auge de movimientos extremistas de izquierda y derecha. La mayoría de la violencia se debió a la gran comunidad de búlgaromacedonios irredentistas instalados en el país, aunque los anarquistas y comunistas también contribuyeron ocasionalmente a la misma. La política nacional era turbulenta, con un miríada de partidos fundados no por diferencias ideológicas, sino como base para las carreras políticas de sus dirigentes.
La política búlgara de entreguerras se puede dividir en diversos periodos: uno primero de amplias reformas durante el gobierno de la Unión Nacional Agraria Búlgara que duró desde el final de la guerra hasta el golpe de Estado de 1923, seguido de otro de los sucesivos Gobiernos de los golpistas hasta la agudización de la Gran Depresión, que llevó al poder a una nueva coalición de partidos reformistas en 1931; estos se mantuvieron en el poder hasta el nuevo golpe de Estado de Zveno, que tomó el poder durante apenas un año antes de que el monarca del periodo, Boris III, tomase el poder, que conservó en la práctica hasta el final del mismo y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
Antecedentes
La derrota militar, debida en parte a las deserciones del Ejército, al cansancio por la guerra y a las enormes privaciones de la retaguardia se formalizó en el armisticio del 29 de septiembre de 1918. Pocos días después, el 4 de octubre, el rey Fernando I de Bulgaria, desprestigiado por las sucesivas derrotas militares de 1913 y 1918, abdicó en su hijo Boris y partió al exilio.
Pese a los cambios políticos, los desórdenes continuaron: se produjo una rebelión militar en Radomir temida por el Gobierno, que se apresuró a liberar al popular político agrario Alejandro Stamboliski, que se había opuesto a la guerra. El Gobierno de Malinov, que había sucedido a Vasil Radoslavov en junio, fue incapaz de gobernar o de paliar la terrible situación alimentaria, sosteniéndose únicamente por el temor de una posible invasión serbia o griega. Ante la ocupación rumana de la Dobruya meridional, que contravenía el armisticio de septiembre, Malinov dimitió el 28 de noviembre de 1918 y dio paso a una coalición presidida por Teodor Teodorov.
La posguerra Negociaciones de paz
El territorio búlgaro entre 1919 (Tratado de Neuilly-sur-Seine) y 1940 (Acuerdos de Craiova).|thumb|upright=1.8 Tras las pérdidas territoriales sufridas por la derrota en la segunda guerra balcánica, el nuevo fracaso en la guerra mundial supuso la necesidad de ceder la Dobruya meridional, el «granero» del país, a Rumanía, ciertos enclaves estratégicos a Yugoslavia y Tracia occidental, rica en tabaco y acceso búlgaro al Egeo, a Grecia. El país pasó de tener una extensión de 111 836 km² a 103 836 km². A pesar de la ira de los nacionalistas por la pérdida de Macedonia, que consideraban territorio búlgaro, fueron en realidad las de la Dobruya y Tracia las que tuvieron un impacto mayor en la economía del país. Las pérdidas territoriales convirtieron en cualquier caso a Bulgaria en uno de los países revisionistas y opuestos al sistema político surgido de la Conferencia de Paz de París. El tratado de paz estipulaba también la obligación de pagar indemnizaciones de guerra, tanto en divisas como en ganado. Restringía además el tamaño del Ejército y de la Policía búlgaros.
El primer pago de las compensaciones se pospuso de 1921 a 1923, pero aun así el Gobierno de Sofía se negó a realizarlo, alegando que era incapaz de hacerlo. La comisión aliada encargada de vigilar los pagos concedió entonces permiso a los países vecinos para ocupar los puestos aduaneros búlgaros y las minas de Pernik pero, ante la renuencia de Yugoslavia a participar para no frustrar la reciente mejora de relaciones entre los dos países, ninguno actuó. Comenzaron entonces unas negociaciones que en marzo de 1923 dieron lugar a un nuevo acuerdo de pagos que alivió grandemente la situación búlgara: las liquidaciones pasaron a escalonarse a lo largo de sesenta años (hasta 1983), divididas en dos fases. El primer abono se redujo de ciento cinco millones a únicamente cinco y, para cuando se abandonó el pago de indemnizaciones de guerra en 1932, Bulgaria únicamente había desembolsado setenta millones de francos en vez de los dos mil doscientos cincuenta acordados. Incluso con el nuevo acuerdo, los pagos suponían casi un cuarto del presupuesto anual del Estado.
La situación del país El país se hallaba agotado por la guerra: la producción de cereales apenas alcanzaba el 47 % de la cosecha obtenida en vísperas de la contienda, se había perdido un tercio de la cabaña ganadera nacional, cerca del 40 % de la población masculina había sido reclutada en las Fuerzas Armadas, que habían sufrido enormes bajas, y las cesiones territoriales conllevaron la recepción de cientos de miles de refugiados a los que el Estado tenía que atender. El país había estado en guerra casi permanente desde 1912 y en los diversos conflictos había perdido a 155 000 combatientes (más de un quinto de la población masculina de entre 20 y 50 años) y tenido más de 400 000 heridos (de ellos, 200 000 tullidos), además de las 150 000 víctimas civiles debidas a las diversas epidemias. Bulgaria había sido el país beligerante con la mayor proporción de su población masculina enrolada en las Fuerzas Armadas.
El descontento en el país había continuado creciendo pese al fin de los combates. La hambruna de la población solamente pudo evitarse por la enorme importación de trigo, la mayoría proveniente de los Estados Unidos. Esto no evitó, sin embargo, la gran inflación: en 1919 los precios de los alimentos se habían multiplicado por doce respecto de los de 1914; en enero de 1920, por veinticinco. La entrega de ganado como indemnización de guerra a los países vecinos también agudizó la crisis alimentaria y favoreció el alza de los precios. Esta afectó con especial dureza a las clases urbanas, que no podían procurarse alimentos más que con sus sueldos, muy reducidos por la inflación. Durante todo 1919, continuó y creció el enojo popular, que en julio produjo una enorme manifestación en la capital, reprimida con violencia por el ministro de Interior socialista, lo que favoreció a los comunistas en las elecciones de agosto. A finales de año, socialistas y comunistas, a menudo enfrentados, se unieron para convocar una huelga general, que acabó fracasando a comienzos de 1920 por la dura respuesta del Gobierno agrario de Alejandro Stamboliski, que movilizó al Ejército, la Policía y la «Guardia Naranja» de su partido contra los huelguistas, acosados por el gabinete.
El Gobierno de la Unión Agraria
El dirigente comunista Christian Rakovski, izquierda, junto con el primer ministro agrario Alejandro Stamboliski en 1922. Las relaciones entre ambos partidos fueron malas a pesar de los intentos iniciales de Stamboliski de conseguir el apoyo de aquellos. Las posteriores persecuciones hicieron que los comunistas no se opusiesen al golpe de Estado contra él en 1923.|thumb|derecha En las elecciones de agosto de 1919, los partidos de izquierda lograron la victoria: los agrarios obtuvieron el 31 % de los votos mientras que los comunistas lograron el 18 % y los socialistas el 13 %. Stamboliski pasó a presidir el nuevo Gobierno mientras participaba a la vez en las conversaciones de paz con los vencedores de la guerra mundial. Tras largas conversaciones en las que no consiguió convencer a los comunistas para formar un gabinete conjunto, Stamboliski había formado un Gobierno de coalición con dos pequeños partidos burgueses (los de Ivan Evstratiev Geshov y Stoyan Danev) en octubre.
Tras aplastar la huelga general de finales de 1919, Stamboliski convocó elecciones para marzo de 1920 con el objetivo de conseguir la mayoría absoluta pero, pese a lograr muy buen resultado (110 escaños de 229) y de intimidar a la oposición, los comunistas lo obtuvieron también (51 escaños) y decidió retirar las actas a ciertos diputados para alcanzar la mayoría que las urnas no le habían otorgado. En mayo formó un nuevo Gobierno, ya sin coaligarse con otras formaciones, que se sustentaba en la mayoría de cuatro diputados que había impuesto en el parlamento. Stamboliski comenzó entonces a aplicar su programa de reformas, centrado principalmente en la mejora de la vida del campesinado y que dejó en un segundo plano los problemas y asuntos urbanos. Importantes cambios tuvieron lugar durante el periodo de gobierno de Stamboliski: se reformó el sistema impositivo implantándose un impuesto sobre la renta progresivo, se llevó a cabo una reforma agraria y una concentración parcelaria, se fomentaron las cooperativas y se mejoró la educación, especialmente en el campo. Se implantó además un servicio de trabajo obligatorio que se utilizó para realizar numerosas obras públicas. El acceso a los servicios legales se abarató. El programa pacifista y favorable al entendimiento con las naciones vecinas de la Unión hizo que Stamboliski redujese con entusiasmo el Ejército, que no llegó a tener ni siquiera la cantidad de hombres permitida por el tratado de paz y pasó a depender de autoridades civiles.
Por otra parte el Gobierno de Stamboliski también mostró importantes debilidades: el propio Stamboliski era autoritario, su partido no contaba con cuadros expertos y formados y muchos de sus miembros aprovecharon su control del gobierno para su propio beneficio, mostrándose tan corruptos como sus antecesores en el poder. Su odio de las ciudades y de algunas clases sociales y profesiones urbanas también le llevó a aplicar medidas discriminatorias o de intimidación. En septiembre de 1922, con la excusa de proteger de sus propios seguidores a ciertos destacados políticos de los partidos burgueses, estos fueron encerrados en prisión y, más tarde, acusados por haber participado en los Gobiernos de las guerras recientes; solamente fueron liberados en el verano de 1923 tras el golpe de Estado contra Stamboliski. En las elecciones de abril de 1923, los agrarios no dudaron en intimidar a la oposición y realizar arrestos para asegurarse la victoria, que obtuvieron (53 % de los votos frente al 18,9 % de los comunistas). Las medidas contra los terroristas macedonios fracasaron por el desinterés del Ejército en acabar con sus organizaciones.