La campana de Huesca o La leyenda del rey monje es un óleo sobre lienzo pintado por José Casado del Alisal en el año 1880. El cuadro recrea el momento final de la leyenda de la Campana de Huesca, cuando el rey Ramiro II de Aragón mostró a los nobles de su reino las cabezas cortadas, y dispuestas en forma de campana, de los nobles que habían desafiado su autoridad.
José Casado del Alisal obtuvo una mención honorífica con esta obra en la Exposición Nacional de Bellas Artes de España de 1881, siéndole concedida además la gran cruz de la Orden de Isabel la Católica, aunque ya era comendador de número de la Orden de Carlos III. Y un año después, en 1882, el lienzo fue adquirido por el Estado español por la cantidad de 35.000 pesetas.
El lienzo pertenece a la colección del Museo del Prado, aunque se encuentra depositado y se expone en el Ayuntamiento de Huesca desde el año 1950.
Historia del cuadro 260px|thumb|Retrato de Antonio Cánovas del Castillo, pintado por Casado del Alisal en 1883 y conservado en la Real Academia de la Historia. La campana de Huesca, novela histórica escrita por Cánovas del Castillo, influyó en el cuadro homónimo de Casado del Alisal. El cuadro fue pintado por José Casado del Alisal entre 1879 y 1880 en su estudio de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, de la que fue su primer director hasta octubre de 1881. El artista tal vez buscó inspiración para su cuadro en el drama titulado El rey monje, que Antonio García Gutiérrez estrenó en 1837 o, sobre todo, en la novela histórica titulada La campana de Huesca, publicada en 1851 por Antonio Cánovas del Castillo, y cuya segunda edición data de 1854. Diversos autores, como Melchor Fernández Almagro, destacaron la amistad que unió a Cánovas con Casado del Alisal, quien pintó un retrato del político malagueño conservado en la Real Academia de la Historia, a la que fue donado en 1897 por la viuda de Cánovas, Joaquina de Osma y Zavala, duquesa de Cánovas del Castillo.
Antes de pintar el cuadro, el autor realizó una serie de dibujos a lápiz y varios bocetos del cuadro y de cabezas al óleo, como el de la cabeza del rey Ramiro II, y en el estudio del artista palentino se guardaban, además de otras telas y objetos, el birrete y la túnica con la que Ramiro II aparece en el cuadro. Algunos de esos bocetos de cabezas al óleo fueron expuestos en la ciudad de Palencia en 1928, pero en la actualidad se encuentran en paradero desconocido. Y además se conservan tres bocetos de La Campana de Huesca, de los cuales el primero fue donado por Asterio Mañanós Martínez en 1921 al Palacio del Senado, el segundo se encuentra en la Diputación Provincial de Palencia, y el tercero en el Museo de Huesca. El propio Casado del Alisal estaba satisfecho de su obra, ya que en una carta que envió el 23 de enero de 1881 al ministro de Estado español, el pintor palentino afirmaba lo siguiente:
Desde la Academia Española de Bellas Artes de Roma, Casado del Alisal remitió el cuadro a la Exposición Nacional de Bellas Artes de España de 1881, con la esperanza de conseguir la medalla de honor como colofón oficial de su carrera, pero la obra fue duramente criticada, entre otras cosas, por su excesiva teatralidad, aunque también fue ampliamente elogiada por los admiradores del pintor palentino. Y al final, el jurado de la exposición acordó por mayoría entregar la medalla de honor, por su proyecto para la restauración de la catedral de León, al arquitecto Juan de Madrazo y Kuntz, fallecido un año antes, y cuyo hermano, el pintor Federico de Madrazo, era vicepresidente del jurado. Y ello ocasionó grandes protestas por parte de los admiradores de Casado del Alisal, que argumentaban que un cuadro terminado debía primar sobre un proyecto para efectuar una restauración, pero, como señalan algunos autores, el jurado tuvo más en consideración la ciencia que el arte.225px|thumb|Grabado que representa al político Emilio Castelar, cuya intervención fue decisiva para que el lienzo de La Campana de Huesca fuera adquirido por el Estado español.
Solamente concedieron a Casado del Alisal una mención honorífica, a pesar de las protestas de sus admiradores, que organizaron un acto de desagravio y una suscripción pública para regalarle una corona de oro, al igual que ocurrió en 1860 con el pintor Antonio Gisbert Pérez. La corona de oro, tras ser expuesta en un escaparate de la Carrera de San Jerónimo, fue entregada al pintor palentino, que la colocó en su estudio bajo un sencillo dosel y acompañada de un pergamino en el que figuraba la siguiente dedicatoria de sus admiradores:
Entre los admiradores de Casado del Alisal se encontraban los duques de Sesto, Emilio Castelar, Francisco Romero Robledo o el pintor Dióscoro Puebla, y el 26 de septiembre de 1881 el Gobierno español concedió a Casado del Alisal, que ya era comendador de número de la Orden de Carlos III, la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Emilio Castelar y otros políticos, entre los que figuraban Cánovas del Castillo, Cristino Martos, Carlos Navarro Rodrigo, Rodrigo Núñez de Arce, Víctor Balaguer y Cirera, y Ramón Rodríguez Correa, presentaron una proposición en el Congreso de los Diputados a fin de que el Estado español adquiriese los lienzos de La Campana de Huesca y de La muerte de Lucrecia, del pintor Eduardo Rosales.
El cuadro fue adquirido por Ley de 28 de enero de 1882 por la cantidad de 35.000 pesetas, siendo firmada la ley por el rey Alfonso XII y refrendada por el ministro de Fomento, José Luis Albareda. Dicha ley concedía al Ministerio de Fomento un crédito de 35.000 pesetas para comprar el cuadro de Casado del Alisal, e idéntica cantidad para adquirir el de La muerte de Lucrecia. El lienzo fue enviado al Museo del Prado y, poco después, Casado del Alisal lo exhibió con gran éxito en Europa y obtuvo las más altas recompensas en las exposiciones estatales de Múnich y Viena. En 1889 el cuadro fue presentado en la Exposición Universal de París de 1889, siendo también muy elogiado.
El 8 de agosto de 1896 el cuadro fue entregado al Museo de Arte Moderno y, posteriormente, por Real Orden de 17 de junio de 1921, fue depositado en el Palacio del Senado de España. El 30 de octubre de 1950, el cuadro fue entregado, en calidad de depósito, al Ayuntamiento de Huesca, donde permanece expuesto en la actualidad en el llamado Salón del Justicia.
El cuadro fue ampliamente reproducido en el a través de grabados, al igual que La Rendición de Bailén, lienzo pintado también por Casado del Alisal, y provocó numerosos comentarios, hasta el punto de que el propio pintor palentino llegó a decir en una ocasión que «no creía que hubiera en el mundo una campana que hubiera sonado más que la suya».
La campana de Huesca: mito y realidad
La leyenda 245px|thumb|Ramiro II de Aragón, por Manuel Aguirre y Monsalbe.Ca. 1851-1854. (Diputación Provincial de Zaragoza). Tras la defunción de Alfonso I de Aragón, que falleció en 1134 sin haber dejado descendencia, heredó el reino de Aragón su hermano Ramiro II, obispo de Roda-Barbastro, a pesar de que Alfonso I había legado su reino en su testamento a las órdenes militares del Temple, del Hospital y del Santo Sepulcro. Pero el testamento de Alfonso I fue ignorado, a pesar de las presiones del papa Inocencio II, y las ciudades y los nobles aragoneses apoyaron la candidatura de Ramiro II al trono, mientras que los pamploneses y navarros optaron por secundar a García Ramírez de Pamplona, que era biznieto del rey García Sánchez III de Pamplona. Y en este contexto se desarrollaron los hechos históricos, ocurridos entre 1135 y 1136, que pudieron originar la leyenda de la campana de Huesca.
La Crónica de San Juan de la Peña, escrita en el , afirma que, estando Ramiro II preocupado por la desobediencia de sus nobles envió un mensajero a su antiguo maestro, el abad del monasterio de San Ponce de Tomeras, a fin de solicitar el consejo de su abad, quien llevó al mensajero al huerto y con una hoz cortó las coles que sobresalían por encima de las demás, despachando después al mensajero con la orden de repetir al rey lo que había visto. También consta en dicha crónica que el rey convocó Cortes e hizo llamar a los principales nobles para que acudieran a Huesca, con la excusa de hacer una campana que se oiría en todo el reino, y cuando llegaron, hizo pasar a los quince más destacados a una cámara cuya puerta era estrecha, decapitándolos de uno en uno conforme entraban, y dejando para el final al obispo, con cuya cabeza dijo que haría el badajo sofocando con ello la revuelta. Y el pasaje relatado en la Crónica de San Juan de la Peña, en versión aragonesa, afirma que:
Una vez ejecutados, las cabezas de los nobles fueron colocadas en forma de círculo y la cabeza del obispo de Huesca, el más señalado de los rebeldes, fue colgada en el centro a modo de badajo de la campana. Posteriormente, el rey dejó entrar a los otros nobles en dicha sala para que contemplaran la campana y escarmentaran. En el Museo Provincial de Huesca, que antiguamente era el palacio de los Reyes de Aragón, hay una sala, conocida como Sala de la Campana, en la que se afirma que sucedieron los hechos descritos en la leyenda. Por otra parte, diversos historiadores destacan que Ramiro II fue «un rey singular», ya que al contrario que la mayoría de los monarcas, abandonó el poder mientras vivía y, aunque conservó el título de rey hasta su muerte, se retiró al monasterio de San Pedro el Viejo de Huesca, y falleció en 1157 en dicha ciudad.
La leyenda de la campana de Huesca en la historiografía actual 255px|thumb|Detalle del cuadro. Los nobles aragoneses contemplan horrorizados la campana de Huesca. En opinión de diversos autores, la leyenda de la campana de Huesca no debe ser considerada como un relato histórico, sino simplemente como uno «de carácter literario o erudito», ya que contiene numerosas similitudes con otros relatos legendarios del mundo clásico, como el protagonizado por Sexto Tarquinio, hijo del rey Tarquinio el Soberbio, que fue recogido por el historiador romano Tito Livio, o el que tuvo como protagonista al segundo tirano de Corinto, Periandro, que fue uno de los Siete Sabios de Grecia. Y otros escritores del mundo grecorromano, como Aristóteles, Dionisio de Halicarnaso, Plutarco, Ovidio o Valerio Máximo, también recogieron algunos de esos relatos.
Y otros autores destacan también que la leyenda de la campana de Huesca es solamente una de las múltiples narraciones en las que se emplea el consejo enigmático, es decir, el consejo en forma de adivinanza que un individuo ofrecía a otro para ayudarle a eliminar a sus adversarios. Y el filólogo e historiador Alberto Montaner Frutos destaca que la leyenda de la campana es una alegoría de la Razón de Estado, al igual que la protagonizada por el hijo del rey Tarquinio el Soberbio y recogida por Tito Livio, y que las semejanzas entre ambos relatos fueron ya consignadas por el historiador Jerónimo Zurita.
La historiografía actual niega la veracidad de la leyenda de la campana de Huesca, pero admite que podría estar basada en ciertos hechos históricos contrastados ocurridos en el reinado de Ramiro II, quien al subir al trono hubo de hacer frente a diversas revueltas encabezadas por los nobles aragoneses, divididos a veces en diferentes bandos. El medievalista Antonio Ubieto Arteta señaló que la leyenda podría estar basada en un cantar de gesta titulado Cantar de la campana de Huesca que fue reconstruido a partir de la prosificación que se hizo del mismo en la Crónica de San Juan de la Peña.